El Púgil
Se renueva todos los martes
Portada
Agenda
Publicidad
DNI de Cazurra Bit
Hemeroteca

CON EL QUIJOTE AL FONDO
LA ANTIESPAÑA Y LAS IZQUIERDAS SATISFECHAS
Antonio SáncheZ Martínez • 18 Enero 2005
Publicado originalmente en El Catoblepas
Iconografía de los luchadores de clase de la época y dinamiteros de la república pavoneándose del la ayuda soviética

Si asumimos que la idea de España está ligada a un Imperialismo Generador (representado por El Quijote), entonces quienes olvidan o menosprecian dicho proyecto transcendental actúan como antiespañoles. La leyenda Negra tiene un papel principal en la conformación de este antiespañolismo.

«Ante todo, nos ocuparemos del 'partido' contrario a la elección de la Idea de Imperio como criterio significativo para la valoración de la realidad histórica de España en el contexto de un proyecto práctico-político (...) Acaso la clasificación más importante, aunque no sea disyuntiva, pueda ser la que ponga a un lado las posiciones anti-Imperio mantenidas en el terreno histórico-ontológico (el de la historia, con minúscula, la de las res gestae) y las posiciones anti-Imperio mantenidas en el terreno historiográfico-gnoseológico (el de la Historia, con mayúscula).» Gustavo Bueno, España frente a Europa, Alba, Barcelona 1999, pág. 249.)

L
AS GUERRAS Si partimos de la tesis (que nosotros aceptamos como cierta) de que la Idea de España está ligada a la norma práctico-política de un Imperialismo Generador, entonces quienes (desde la derecha o desde las izquierdas) privilegian una concepción de España que olvide, menosprecie o desprecie tal Idea, se comportan como «antiespañoles», es decir, van en contra de una posible mundialización a la española (en contra de una definición del Género Humano desde España). Quienes no asuman la anterior tesis no se considerarán (emic) antiespañoles, aunque lo sean esencialmente. Todo lo contrario: pensarán que su obligación es atacar la identificación de España con cualquier tipo de Imperio. Y creerán tener las ideas mucho más claras que sus oponentes (como veremos más abajo al comentar los posicionamientos del Sr. Abellán respecto a Ramiro de Maeztu). Otra cosa es que tal (supuesta) claridad se manifieste de hecho a través de argumentos poderosos que, entre otras cosas, no metan en el mismo saco todas las posturas contrarias a la propia.

En dicha concepción antiespañola (antiimperialista de España) es determinante la Leyenda Negra. Y desde que España es una Nación Política (alrededor de 1812), tal empeño antiespañol es preponderante entre las izquierdas «anarquistas» (que desconfían de todo proyecto con plataformas estatales) y, sobre todo, de las izquierdas «indefinidas» (desilusionadas por los fracasos de las izquierdas «definidas»), de tal manera que estas izquierdas (españolas) añaden a su desprecio hacia nuestro pasado imperial un particular rechazo hacia todo tipo de proyecto estatal (con plataformas estatales).

En los prolegómenos de la Guerra Civil las izquierdas definidas (excepto el anarquismo, aunque también cayó en la tentación de gobernar), asumieron la necesidad de partir de ciertas plataformas idiográficas para llevar a cabo su proyecto revolucionario expropiador (como se puso de manifiesto en la posterior preferencia por ganar la guerra –fortaleciendo el propio bando estatal– antes de apoyar la revolución expropiadora radical), aunque su apuesta por la alianza en el Frente Popular no suponía ningún aprecio por nuestra herencia histórica imperial (Napoleón o Stalin, por ejemplo, tuvieron más simpatías por algunos de sus antepasados políticos). Con todo, algunos dirigentes frentepopulistas se negaron a ceder la dirección de la guerra o la revolución a Stalin y su imperialismo. La nueva plataforma «nacional» española se formó al compás de nuestro declive como Imperio, por lo que muchos renegaron de todo nuestro pasado político efectivo, desechando la mayoría de sus logros. De esta forma los nuevos proyectos de las izquierdas buscaron el modelo a seguir en la nueva nación política (sobre todo en sus componentes «populares») o en otros lugares (eminentemente la URSS). A pesar de estas reticencias de algunos dirigentes, como Largo o Prieto, la mayoría de los políticos frentepopulistas se acabaron plegando (objetivamente) a los dictados de Stalin. De esta forma (como sugerimos en nuestro artículo de El Catoblepas, nº 32, pág. 11): el nexo de unión de los partidos del Frente Popular fue, ante todo, de carácter negativo, siendo determinante en tal alianza la visión que ofrecía de nuestro pasado la Leyenda Negra. Dicha perspectiva les impedía «reasumir» nuestro pasado imperial como un momento apreciable para la constitución de una sociedad universal y racional (al menos tan racional o más que otros proyectos depredadores de su tiempo). Aunque muchos buscaban apoyarse en el estado-nación para llevar a cabo su revolución, sin embargo la pluralidad de tipos «revolucionarios» era muy dispar, y sólo su común menosprecio hacia nuestro pasado les unía, interpretando a los enemigos nacionales como los herederos de dicho pasado, de la derecha (sin distinciones).

Pero no todo nuestra historia política oficial es despreciable (interpretada en su contexto histórico), ni en el bando «nacional» había sólo herederos de la derecha. También había falangistas y liberales, que en muchos aspectos eran tan izquierdistas (definidos) como algunas de las corrientes del Frente Popular. Pero, a diferencia de los liberales del Frente Popular, no eran prisioneros de la Leyenda Negra que sólo ve sombras tenebrosas en nuestro Antiguo Régimen.

El bando nacional, a pesar de las «divergencias objetivas» manifestadas en sus distintos proyectos, mantuvo un común aprecio por la única historia de España que tenemos (esa de la que hablaba, a su manera, Menéndez Pelayo), y consiguió encontrar el equilibrio «eutáxico» necesario para hacer frente a sus enemigos. El Frente Popular, por el contrario, conformó un bando con divergencias muy profundas (los anarquistas llamaban «reaccionarios» a los «comunistas» y sus sometidos aliados, como también recíprocamente), y sus distintas corrientes políticas sólo tenían en común el compartido menosprecio (o desprecio) hacia una España («oficial») que querían enterrar o, incluso, borrar del mapa definitivamente. Es decir, su «solidaridad» era puramente negativa (frente a terceros), sin una plataforma positiva común desde la que conformar sus proyectos políticos.
Poetas del Frente Popular

Buena prueba de lo que decimos la encontramos en los poetas del Frente Popular. Un ejemplo destacable (con tendencias propias del humanitarismo krausista) es Antonio Machado. Al leer «Campos de Castilla» encontramos que al hablar de España sólo valora al «pueblo» (palabra oscura donde las haya), a «lo humano» más genérico («lo humano eterno»...). El menor de los poetas de la familia Machado parece no haber profundizado en la historia de España efectiva, como se comprueba en el prólogo a « Campos de Castilla», donde se manifiesta su perspectiva humanitarista y naturalista (ni histórica, ni política):

«Y pensé que la misión del poeta era inventar nuevos poemas de lo eterno humano.» «La confección de nuevos romances viejos –caballerescos o moriscos– no fue nunca de mi agrado, y toda simulación de arcaísmo me parece ridícula.» «Pero mis romances no emanan de las heroicas gestas, sino del pueblo que las compuso y de la tierra donde se cantaron; mis romances miran a lo elemental humano, al campo de Castilla y al libro primero de Moisés, llamado Génesis.» «Muchas composiciones encontraréis ajenas a estos propósitos que os declaro. A una preocupación patriótica responden muchas de ellas; otras, al simple amor a la Naturaleza, que en mí supera infinitamente al del arte. Por último, algunas rimas revelan las muchas horas de mi vida gastadas –alguien dirá perdidas– en meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo.» (Ediciones Cátedra, Madrid 1980, pág. 38).

Aparte de su visión ingenua y metafísica sobre la «naturaleza» y el «arte» (como si su poesía sobre la Naturaleza no fuera artificiosa) vemos que su patriotismo es reduccionista, sesgado, atendiendo primordialmente a componentes psicológicos o éticos de la vida del «pueblo espontáneo», sin profundizar para nada en su contexto político y su pasado histórico idiográfico, propiamente español (para lo cual es imprescindible referirse al Imperio, sus proyectos, dirigentes e instituciones). En su oscuro patriotismo son evidentes las influencias de la I. L. E. con un humanitarismo en el que destaca el armonismo idealista y, en el fondo, harto pernicioso. Resulta paradójico comprobar que quienes hablan del pueblo como de un sujeto sabio del que surgiría todo lo bueno de la humanidad, y del que bastaría con cobijarse en su sombra para alcanzar la plenitud, sin embargo se empeñan en educarlo. Se trata de una paradoja similar a quienes hablan de una «ley natural» de la solidaridad
humana [1] y sin embargo nos piden que seamos solidarios. Y es que, aunque sea implícitamente, reconocen que «el pueblo» (o la «solidaridad») no es uniforme y homogéneo (armonioso en su distribución), y que sus vidas y proyectos pueden llegar a ser polémicos e incompatibles. El pueblo (o la sociedad civil) es un concepto abstracto que se oscurece completamente si no se determina el contexto histórico al que pertenece o no se conjuga con las «sociedades políticas» correspondientes. 

En el poema dedicado a Ortega («Al joven meditador José Ortega y Gasset») acaba diciendo:

«A ti laurel y hiedra
corónente, dilecto
de Sofía, arquitecto.
Cincel, martillo y piedra
y masones te sirvan; las montañas
del Guadarrama frío
te brinden el azul de sus entrañas,
meditador de otro Escorial sombrío.
Y que Felipe austero,
al borde de su regia sepultura
asome a ver la nueva arquitectura
y bendiga la prole de Lutero» (pág. 161)
.

Parece pedir a un nuevo Felipe II (Ortega), muy distinto del histórico, la armonización de obreros e intelectuales, de católicos y protestantes (y masones) bajo un nuevo Escorial que borre sus connotaciones católicas en el fragor natural del Guadarrama. La línea del regeneracionista Ortega (su europeismo anticatólico) aquí parece evidente.

Así mismo, desde su eticismo, se muestra contrario a todo tipo de guerra. En el poema «España, en paz» nos dice:

«¡Señor! La guerra es mala y bárbara, la guerra
odiada por las madres, las almas entigrece;
mientras la guerra pasa, ¿quién sembrará la tierra?... » (pág. 172).

Y hace referencia a un Quijote «pacifista» y cuerdo, que

«entró en razón, y tiene la espada en la cintura;
entonces, paz de España, yo te saludo».

Como no podía ser de otra forma, echa la culpa de las guerras al «egoísmo» de los mercaderes, como se hace desde un marxismo vulgar que no aprecia las canalizaciones políticas del comercio, ni que la guerra es un acontecimiento eminentemente político y civilizado, nada bárbaro. D. Antonio no se da cuenta de que un Quijote pacífico y «cuerdo» (europeísta, acomodaticio, aburguesado, satisfecho, «pactista», «dialogante» y con «talante») es un Quijote muerto, es la muerte de todo Imperio Generador, pues éste no pacta repartos coloniales y guerrea con el que se oponga radicalmente a sus proyectos.

Su visión de la patria (la que aprecia) es más naturalista o ética (la del «neopopularismo») que política e histórica. Es decir, a lo sumo valora una España nueva que supere «La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía, devota de Frascuelo y de María...». De la España histórica (católica), al parecer, no puede salir nada bueno:

«Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste
cuando se digna usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas» (...)

No ve en esos materiales pretéritos más que «un vano ayer» que engendrará un «mañana vacío», pragmático y dulzón, pero nauseabundo como una borrachera de vino malo. Y ni rastro de «redención», ni de civilización. Más aún, presume que una Nueva España será la verdaderamente redentora, siempre que entierre a la Vieja España:

«Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la Idea»
(«El mañana efímero», pág. 137.)

Pero se trata de una España de «Ideas» idealistas, de una idealizada «aldea». Nada de la España imperial, nada del «Dios hispano», porque «ni está el mañana –ni el ayer– escrito» (El Dios ibero, pág. 50).

De ahí su visión de que «se hace camino al andar» (Proverbios y cantares, pág. 146), como si fuera posible algún tipo de prolepsis sin anamnesis previa, como si hasta la senda más virginal no se trazara gracias a unos saberes previos que incluso el asno pone en práctica cuando se adentra en el monte, aprovechando las líneas topográficas del terreno más afable.

La influencia de Giner de los Ríos, con su humanitarismo armonista, utópico, se aprecia en muchas de sus obras. Su amor cósmico a una naturaleza bucólica y al buen salvaje se manifiesta con claridad en la elegía dedicada al difunto maestro. En la sierra de Guadarrama, a pesar del Escorial histórico, «soñaba un nuevo florecer de España» («A Don Francisco Giner de los Ríos», pág. 160). Dice también A. Machado:

«Tengo un gran amor a España y una idea de España ampliamente negativa. Todo lo que es español me encanta y me indigna al mismo tiempo» (de su autobiografía de 1913, Clásicos Hispánicos, Machado, poesía, Ed. Vicens Vives, 2002, pág. XXII).

Amaba, al parecer, la España «espontánea» y rechazaba la histórica y oficial. También renegaba de la Regente María Cristina y Alfonso XIII con un espíritu republicanista exacerbado. Decía en Septiembre de 1921 que esa España era abominable:

«En vez de ahondar el foso donde se hundiese la abominable España de la Regencia y de ese reyezuelo, afirmando al par el republicanismo y acrecentándolo....» (pág. XXIII).

Se sentía burgués, pero no tanto español:

«La burguesía, con su liberalismo, su individualismo, su organización capitalista, su ciencia positiva, su florecimiento industrial, mecánico, técnico; con tantas cosas más –sin excluir el socialismo, nativamente burgués– no es una clase tan despreciable» (XXIV). También hay resonancias masónicas en sus poemas (hacha, maza, luz, fuego..., pág. XXV).

Lo aquí dicho creemos que permite comprender mejor que la furibunda iconoclastia de, por ejemplo, los revolucionarios asturianos de 1934 no se debió sólo a su anticatolicismo religioso, sino a su anticatolicismo antiespañol, es decir, aquel que, fruto de la Leyenda Negra, pretende forjar nuevos proyectos de futuro renegando de (o reinterpretando popularistamente) todo rastro del pasado imperial (que se valió del catolicismo, «Por Dios hacia el Imperio», para intentar civilizar el mundo a la española).

En la prensa frentepopulista de la época se aprecia con claridad esta perspectiva de la historia de España:

«Antes que la Constitución está la República... Y antes que la República está el impulso del pueblo soberano que la creó», se lee en el periódico El Socialista del 13 de febrero de 1934 (las cursivas son mías). Y más adelante, después de entender nuestra historia como una enfermedad (al estilo de Azaña), nos dice: «Y ya va siendo hora de que digamos que el republicanismo español empieza cada día y que no tenemos que ver nada con la Historia, absolutamente nada, como no sea más que para apartarnos de ella, y que es hora de enterrar a los muertos, haciéndoles un panteón como esta casa de grande, pero enterrarlos (Grandes aplausos), y que no estamos dispuestos a atarnos por los tobillos momia con momia, recuerdo con recuerdo, panacea con panacea. ¡De ninguna manera!» (Extraído de la obra de Pío Moa, 1934: Comienza la guerra civil, Áltera, 2004, pág. 257.)

Algo más que menosprecio se ve en las críticas a la CEDA por su concentración en El Escorial, sobre todo por parte de los nacionalistas. Así podemos leer en La Humanitat las invectivas de ERC contra toda la historia de la España Imperial:

«Felipe II se estremecerá de gozo, hoy, en la sepultura del monumental pudridero» (...) «La gran parada. Fantasmas de Felipes y de Carlos, de Fernandos y de Isabeles. Ahora será como una resurrección de fanatismo y de locura, y una contradanza de horas que quisieran volver (...) para una patria que ya no es de nuestro tiempo ni puede ser de nuestra sensibilidad» (22 de abril de 1934, «1934...», pág. 284).

Ahora bien, como hemos dicho, a pesar de su común adhesión a la Leyenda Negra, entre los dirigentes, intelectuales y poetas frentepopulistas hubo distintas tendencias. Dentro del mismo PSOE Largo Caballero, por ejemplo, fue muy distinto a Álvarez del Vayo o Negrín (entre los que también había diferencias notables). Largo era un marxista «internacionalista» muy próximo a corrientes comunistas trotskystas (que pretendían que «el proletariado» debía constituir la plataforma de cualquier proyecto político) e, incluso, anarquistas. Por eso, cuando se dio cuenta de las intenciones imperialistas de Stalin («comunismo de un solo país», con plataforma en la URSS) se negó a seguirle el juego. También debió pesar en su decisión el sentirse desplazado en la dirección de la guerra y la ansiada revolución. En el caso de Prieto parece que influyó aún más el hecho de verse desplazado de la dirección política efectiva (pero tanto en un caso como en otro su apego por la historia oficial de España brillaba por su ausencia). Sin embargo muchos comunistas del PSOE se plegaron perfectamente a los proyectos soviéticos. El caso de Negrín es aún más ruin (más pragmático), pues ni siquiera se consideraba «marxista». Del mismo modo hubo «intelectuales» y poetas que se resistieron a romper con la identidad y unidad de España, aunque interpretaran dicha identidad libre de los recuerdos de nuestra historia, mientras que otros se plegaron objetivamente, e incluso sumisamente, a Stalin (de mala o de buena gana, lo mismo da). Y también los hubo que, como Alberti o Prados, asumieron con entusiasmo las consignas soviéticas. Pobre de aquel que gritara «¡Viva España!». El único grito patriótico admisible era el de «¡Viva Rusia!». Rafael Alberti llega a denostar, no sólo olvidar, todo nuestro pasado imperial, y recibe a la Rusia de «los trabajadores» con los brazos abiertos. Su anticatolicismo llegaba a fomentar el exterminio de todo lo que llevara una cruz. En El Catoblepas, nº 28, pág.10, nos cuenta Gustavo Morales algo sobre la dirección de la checa de Bellas Artes por parte de Alberti, donde puso en práctica estas tendencias. Y César Vidal nos recuerda algunas de sus poesías en Checas de Madrid (Ed. Belacqva, pág. 178):

«El mono Azul sale ahora
de papel, pues sus papeles
son provocarles las hieles
a Dios Padre y su señora»

En la obra de Miguel Hernández se aprecia también que privilegia esta perspectiva, tratando de superar los aires malsanos de «la civilización» (incluida la que de España salió) y volver a la huerta del labriego... «Mi corazón, mis ojos sin consuelo, metrópolis de atmósfera sombría, gastadas por un río lacrimoso...» (El Rayo que no cesa, Austral, 1975, pág. 70).

La poesía Madre España (que recoge don Gustavo Bueno en España frente a Europa, Alba, pág. 167) creemos que se mantiene en esta misma línea, sin profundizar en la historia efectiva, en los proyectos políticos y sus agentes directivos (sus Quijotes, no sólo sus Sanchos –aún sin quijotizar–). Se entiende a España en un sentido que privilegia la nación biológica, o étnica, y da de lado su sentido político-filosófico. Alude al pueblo espontáneo que se ha criado en sus tierras, pero elude mencionar los proyectos políticos (sobre todo si son imperialistas) que canalizan sus obras.

De modo similar a como muchos hacen hoy día, entonces también se apelaba a la superación de la España negra que impedía la libertad, la democracia (¿para qué?):

«No todos los grupos ni todos los hombres de las Cortes Constituyentes de la República española eran hijos de la España mejor. La otra España, la vieja, la histórica, la de la monarquía unitaria y negra, aún hacía sentir su peso y su influencia sobre una parte considerable de los diputados. Y hasta aquellos que luchaban contra la España vieja todavía sentían, poco o mucho, la superstición de sus dogmas, y más que ninguna el dogma de la unidad bajo la hegemonía castellana» (Artículo de A. Rovira i Virgili, 12 de diciembre de 1933; Pío Moa, 1934..., pág. 285)

A los nacionalistas (como A. Rovira i Virgili) no les bastaba con sustituir la identidad de España (aunque fuese a través de un modelo soviético), sino que buscaban, y siguen buscando, cargarse también su unidad, para «liberarse» de la «prisión de pueblos» que, supuestamente, es España. Por eso, como hacen hoy día, Zapatero mediante, buscan una España que dé rienda suelta a sus pretensiones, y aquél que se niegue, será de la España peor, de la «reaccionaria», «fascista», &c. : «¿Dónde está ahora la mejor España que los catalanes habíamos saludado y animado?» (Idem).


Intelectuales pro-Frente Popular

Hoy día se siguen dando, básicamente, intelectuales del mismo tipo a los que prodigaron durante la II República española. Son herederos de las corrientes del Frente Popular, con las correspondientes transformaciones después del hundimiento de la URSS. La historiografía de la escuela de Tuñón de Lara en este sentido ha servido como correa de transmisión de los puntos de vista de entonces hacia las nuevas generaciones, hasta el punto de que las propuestas para resolver «el problema de España» son, en gran medida, las mismas de entonces (teniendo en cuenta que la URSS ya no es un referente digno de imitar para casi nadie, y muchos buscan en Europa el motor del humanitarismo más confuso), por lo que las consecuencias pueden ser similares.

La gran mayoría de los que se consideran de «izquierdas» están inmersos, de una u otra manera, en la Leyenda Negra, tanto a la hora de interpretar y enjuiciar la historia efectiva de España (la única que hay, la real, la que no puede borrar su lado «oficial») como al pretender defender nuestros intereses presentes. Las versiones «políticamente correctas» que en la actualidad interpretan nuestro pasado reciente, la guerra civil y el franquismo, son, fundamentalmente, transformaciones de dicha Leyenda, surgidas a partir de la eclosión de España como nación política a través de las distintas generaciones de izquierdas. Dicho cuento, repleto de mitos oscurantistas sobre la identidad de España está más vivo que nunca. Este fenómeno constituye el principal peligro para su unidad en la conformación de proyectos de futuro. Y es la línea en la que se mueven la mayoría de los «funcionarios de la historiografía», tanto universitaria como de la enseñanza primaria y secundaria, como intentaremos ilustrar con algunos autores que se consideran, en principio, de izquierdas poco «radicales». El nombre de España intenta ocultarse con más fuerza que nunca y se considera casi imposible que alguien pueda llamarse de izquierdas y español. A quien se identifique con España (con todas sus consecuencias históricas) enseguida se lo tacha de «facha», como mínimo.

El texto de José Álvarez Junco que vamos a comentar («Mitos de la Nación en guerra», perteneciente a la Historia de España fundada por Menéndez Pidal, tomo XL –República y Guerra Civil, Capítulo XII–, Espasa-Calpe, Madrid 2004) creemos que confirma plenamente nuestras tesis. En el bando frentepopulista cuando se apela a España se hace referencia al «pueblo» español, sobre todo entendido como el pueblo «trabajador» explotado y expropiado por los «traidores» (capitalistas). Es decir, intentan reducir, en principio (aunque al final asumirán una «plataforma estatal» para llevar a cabo la revolución) la dialéctica de estados a dialéctica de clases. Al privilegiar esta dialéctica, piensan que los «verdaderos españoles» debían estar del lado de los «expropiados» de todo medio de producción. Los «extranjeros» italianos y alemanes serán entendidos como meros cómplices de los capitalistas españoles. Pero, en general, se renuncia a entender a España como parte de «lo que queda» del Imperio. Si se habla del pasado español benévolamente es porque se da a entender que la verdad de España siempre ha estado en su pueblo, en su vida o su libertad, como ocurre con la adaptación del «Retablo de las Maravillas» de Rosa León o la «Numancia» de Alberti (pág. 649 de la obra citada). Pero los aspectos psicoetológicos o antropológicos de tales obras son asimilables a infinidad de situaciones. El mismo Alberti, en su Numancia, obvia los posibles simbolismos referidos al Imperio español. Cervantes, muy posiblemente, intentó representar en los numantinos a los forjadores del Imperio que empeñaron reiteradamente su vida en dicha empresa «política». Pero Alberti (que tenía memoria reciente de la resistencia numantina de los nacionales en el Alcázar de Toledo) renegó de los contenidos políticos específicamente españoles para ver en los numantinos al pueblo y al proletariado que resistían en Madrid al imperialismo capitalista y fascista del «romano» Mussolini. De manera que los españoles del bando nacional no representarían de ninguna manera a la España auténtica, como nos cuenta Álvarez Junco:

«los comunistas, por tanto, destacaron por su españolismo. Pero no fueron sólo ellos, sino también los republicanos moderados, que coincidían con la línea estratégica antirrevolucionaria adoptada por los comunistas. El propio Manuel Azaña, además de contribuir al culto de lo popular, cedió a la tentación de comparar la guerra con la sublevación de 1808 y explicó que estaban luchando porque querían ser 'españoles libres y respetados siempre y en todas partes'. Y Blanca de los Ríos, presidenta de la Asociación de la Mujer Republicana, explicaba en agosto del 36 que esta era una lucha 'por la redención de la España libre' y que los traidores 'olvidan las gloriosas enseñanzas que nos da la Historia'; 'España, patria de conquistadores, patria de hombres grandes, de mártires heroicos, no será jamás humillada por la traición. Al corazón español no se le puede vencer'» (pág. 650.)

Ya hemos visto en otras ocasiones (por ejemplo en El Catoblepas, nº 32, pág.11 o confuso y oscuro de los términos «revolucionario», «reformista» y «reaccionario» (contrarrevolucionario). Resulta paradójico que nuestros intelectuales, que al parecer lo ven todo mucho más claro que los «reaccionarios» (como veremos al hablar de José Luis Abellán), sin embargo no aprecien serias contradicciones entre el teórico «internacionalismo» de la izquierda comunista (cuya plataforma de acción debería ser el proletariado internacional), y su apuesta por fortalecer al estado (a las órdenes de Stalin) para ganar la guerra, enfrentándose en tal tesitura con los «contrarrevolucionarios» anarquistas. Y lo peor es que no intenten explicar dicha contradicción (apelando, por ejemplo, a la necesidad de una «plataforma idiográfica» estatal para llevar a cabo la revolución). No es de extrañar, por tanto, que se oculten los nombres de los «dirigentes» políticos de nuestra historia, como si «el pueblo», por pura espontaneidad, hubiera marcado nuestro «destino», sin necesidad de apelar a ningún proyecto político concreto (contenido específico), ni a ningún mandatario (poderes descendentes) que tomara la iniciativa para gestionarlo a través de múltiples instituciones (como la Inquisición española). Sólo se habla de «grandes hombres», de «mártires», del «corazón español», pero nada de contenidos específicamente político-españoles. Es sintomático, en este sentido, que en el Frente Popular fueran tan reticentes a celebrar el día de la Hispanidad. Unos, sobre todo los anarquistas, se resistían a asumir sus connotaciones imperialistas; pero la mayoría de los frentepopulistas no quería ni oír hablar de las connotaciones españolas, efectivas, de nuestra historia (ver el interesante cuadro de la pág. 676).

Sin embargo, todos sabemos hoy día que si algún bando mantuvo la independencia en los proyectos y dirección de la guerra ése fue el bando «nacional», como, a su manera, reconoce el mismo Álvarez Junco al final de su análisis (pág. 676), a pesar de que éste autor sigue sin percatarse de la diferencia entre Franco o Mola (en los que persiste el aprecio por el Imperio –«Por Dios hacia el Imperio»–) respecto de Fal Conde o del cardenal Gomá (pág. 673). El mismo «Satanás» del que habla José Antonio Primo de Rivera (pág. 674) puede interpretarse de dos maneras muy distintas según se tome como plataforma de la «cruzada» a España o a la Iglesia (con un proyecto suprapolítico –Imperio metapolítico–). No es lo mismo ver en Satanás la representación de lo que nos pudiera alejar del proyecto imperial español (lo «bárbaro» contrario a la «civilización católica» –a la española–) que ver en el demonio, primordialmente, a todo lo que se opone a una Ciudad de Dios suprapolítica, con tintes anarquistas («cruzada religiosa»).

Si los «nacionales» ganaron la guerra fue, en gran medida, porque detrás de su propaganda había fulcros de verdad (pertenencia a una nación heredera de un imperio generador) que la mayoría de la gente captaba (emic) de una u otra forma. En el bando frentepopulista ocurrió todo lo contrario. Las divergencias objetivas entre sus distintos proyectos acabaron siendo palpables hasta para los menos avezados, a pesar de la ingente propaganda. Largo Caballero, como hemos dicho, fue de los primeros en desengañarse de los supuestos propósitos de la Internacional Comunista controlada por la URSS, que se volcó en sus intereses «imperialistas» (una vez que los comunistas asumieron la plataforma estatal soviética como «propia») a pesar de propagar que «los proletarios no tienen patria». Entender la «nación española» como «pueblo proletario» expropiado (como parte de la Humanidad desposeída) no tuvo la potencia suficiente para borrar la dialéctica de estados, ni el convencimiento de los más pobres (aunque fuera confuso) de que la Patria también era parte de su propiedad material y «espiritual» (frente a terceros países con sus respectivos ciudadanos –capitalistas o proletarios–). Por eso don Manuel Machado (pág. 663), más inteligente en este sentido que su hermano Antonio, nos decía que:

«¡Ay del pueblo que olvida su pasado!
[...] ¡Ay del que sueña comenzar la historia! [hacer camino al andar]
[...] Vuelve a tu tradición, España mía,
[...] ¡Sólo Dios hace mundos de la nada!»

Se diría que don Manuel percibe, a su manera, que todo Imperio filosófico debe reasumir proyectos metapolíticos (metaestatales) sin renunciar de manera absoluta a su poder diapolítico. Antonio Machado, por el contrario, no veía ningún menosprecio hacia la patria española en los gritos de «¡Viva Rusia!» (pág. 656), pues identificaba a la URSS como la patria de los proletarios (o del pueblo), sin percatarse de los aspectos diapolíticos del imperialismo soviético (que menoscababan la independencia española). Su percepción a-política (antropologista sobre todo) del «pueblo español» no le permitían concebir que sólo cabe ser generoso desde plataformas fuertes y unidas atributivamente, y que el estado es la manera más potente que conocemos de sociabilidad (es el «círculo operatorio» más amplio y potente para llevar a cabo cualquier empresa, más aún si ésta es imperial). Su idealismo generador era tan grande que conducía a la mayor debilidad (frente a terceros), pues no cabe la «armonía» de proyectos objetivos para alcanzar una definición de «lo humano» (de un modo similar al que impide entender al Dios de las tres religiones monoteístas como el mismo).

Álvarez Junco, como la mayoría de los intelectuales españoles (sobre todo pro-frentepopulistas) no ha entendido que «el problema de España» es el problema, transcendental, del Imperio generador (filosófico); de un imperio con planes universales y programas generales, aunque no conozca el fin último de dicha empresa. Y, por lo tanto, la Antiespaña es la negación de tal proyecto (también en lo que tiene de ortograma suprasubjetivo). El «problema de España» es el de definir filosóficamente al Género Humano a partir de una plataforma política (pero sin cerrarse en ella como hacen los imperios depredadores –diapolíticos–), y a través de una moral generadora (aplicando con fines políticos el catolicismo metapolítico, con los pies en la tierra). Dicha definición es filosófico-política, no categorial, pues tiene que recoger Ideas que cruzan y desbordan los ámbitos científicos (tanto de las «ciencias comunes a todos los pueblos», como de las «ciencias propias de cada pueblo» –o de cada estado–) y cuyas categorías no son armónicas sino que, en multitud de ocasiones, son incompatibles (sobre todo respecto a las «ciencias propias de cada pueblo»).

Concluye Álvarez Junco diciéndonos, entre otras cosas, que el franquismo fue una rareza excéntrica dentro de una Europa desarrollada y democrática (aunque no ve que «capitalizó» a España y dejó la vía libre para la «democracia pletórica de mercado» en la que tan a gusto se desenvuelven los progres), y que:

«en su descrédito [¿para quién? ¿para la historiografía progresista en tiempos en los que aún se confiaba en el poder de la URSS? ¿para los europeístas de la Europa sublime que predicaba Ortega? ¿para los nacionalistas fraccionarios?] arrastró consigo a la idea de «España», que de manera tan excluyente había planteado, e hizo fracasar su esfuerzo nacionalizador. De aquellos polvos dictatoriales, al parecer, vinieron los lodos de la «España» con la que parecía que nadie, salvo los nostálgicos del régimen, se identificaba [¿Acaso los «antifranquistas» no brillaban por su ausencia con Franco vivo?], y el nacionalismo laico y progresista de los republicanos [¿A qué corriente frentepopulista, de las muchas que reconoce el mismo Álvarez Junco, se refiere?], tan fuerte en 1936, habría naufragado de manera espectacular tras la descomunal ruptura histórica de las dos o tres décadas posteriores a la guerra. Y aquella identidad nacional de la que tanto se blasonaba por los dos lados en 1936-39, reapareció frágil y cuestionada como ningún otro mito político en 1975. Su reconstrucción sobre otras bases se convirtió en el problema político más complicado del último cuarto de siglo XX» (pág. 677).

Don José parece echarle toda la culpa del «problema de España» a un Franco, que habría impedido la puesta en práctica de los remedios progresistas y reformistas, como si dichos remedios fueran tales (y fuesen percibidos con claridad por sus mentores). Pero, como hemos dicho, Álvarez Junco no llega a entender la diferencia fundamental entre el nacionalismo de los «nacionales» y el que promovía el bando frentepopulista, anclado en la Leyenda Negra, y que, renegando de la Idea de España (como proyecto atributivo mundializador), solía privilegiar los contextos «distributivos» (biológicistas, humanitaristas o antropológicos, concibiendo las «culturas» de los pueblos como distintas –funcionalmente [
2]). En todo caso, dicho nacionalismo frentepopulista nunca se entendió engarzado histórica y políticamente con España como Imperio Generador, cuyo material pudiera servir para conformar nuevos proyectos de futuro [3]. Los «recuperadores de la memoria histórica» del actual «Frente anti-PP» mantienen perspectivas muy similares a las de sus antecesores en este sentido, aunque sin apelar al modelo soviético fracasado. Y es que el proyecto (transcendental) asociado a dicho Imperio es una arriesgada y peligrosa empresa (como diría don Quijote) que la mayoría de los españoles no están dispuestos a asumir, aunque se llamen «de izquierdas». Pero en la cabeza de muchos no parece caber una «izquierda española» que (reasumiendo lo que queda de la historia del Imperio español) luche contra los privilegios eliminables –irracionales– de una sociedad de personas «in fieri».

Otro buen ejemplo de intelectualidad frentepopulista lo encontramos en José Luis Abellán. Hace poco publicaba un artículo periodístico titulado «Hacia otra España» (El País, 7 de octubre de 2004) tomando prestado el título de un ensayo de don Ramiro de Maeztu. Pero está claro que la España a la que se refiere don José Luis no tiene nada que ver con la que anhelaba don Ramiro. El Sr. Abellán es el prototipo del intelectual «políticamente correcto», de los que se han tragado enterita la Leyenda Negra desde un supuesto «reformismo» liberal que busca en Europa la solución al «problema de España». Se reconoce en todos aquellos que dicen amar a España porque no le gustaba nada de la misma, renegando de todo su pasado histórico oficial. Por eso interpreta la «rectificación» madura de D. Ramiro (su paso del «anarquismo juvenil a un autoritarismo reaccionario y conservador en su madurez») como una consecuencia de falta de claridad:

«El problema de estas actitudes rebeldes, cuando no van acompañadas de un proyecto claro de transformación, es que generan y refuerzan el impulso de lo que quieren desterrar. Y así ocurrió en este caso con el mismo Ramiro de Maeztu –paradigma de lo que ocurrió en el resto del país–.»

Dicha rectificación sería falsa, como decimos, por falta de «claridad», de la que parece que está sobrado nuestro intelectual progresista. Quizá don José Luis es de esos «jóvenes» que, por muchos años que pasen, se consideran eternos rebeldes, porque todo lo ven con la misma (supuesta) claridad, y sus cambios nunca son tan drásticos (son «de izquierdas de toda la vida»). Quizá sea de esos jóvenes de espíritu que piensan que «los viejos roqueros nunca mueren», como también le ocurría al maestro Aranguren y a tantos otros intelectuales antifranquistas gracias a Franco (con Stalin, por cierto, no habrían llegado a la madurez sin plegarse a sus dictados mucho más de lo que lo hicieron con Franco).

Ahora bien, ya nos encontramos, según Abellán, ante esa otra España, pues sería un hecho. Aunque se toma la molestia de intentar reafirmarlo por si acaso, «para que los demonios familiares no nos arrebaten el destino». Parece que, al modo masón, el destino de España ya estaba escrito, y en el siglo XX estarían los tres hechos «transcendentales» que, paradójicamente, permitirían su cumplimiento (pre-destinado «aureolarmente»).

El primero sería el cambio de una España rural (en 1900) a otra urbana (en la actualidad), pero sin molestarse en analizar otras épocas y sus circunstancias. A través de dicho cambio parece querernos decir que los males de España provendrían del campo (asociado al Antiguo Régimen, entendido de manera global y homogénea en todos los países), tal como se deduce de su segunda consideración: «En mitad del proceso de cambio entre una y otra sociedad se produjo la Guerra Civil (1936-1939) –segundo de los hechos mencionados–, que se convirtió en un conflicto armado entre 'dos Españas' sin posible reconciliación entre ambas» (y que conduciría al famoso páramo intelectual de la cultura española). La dictadura franquista supondría una especie de «catarsis» que impedirá que se repita un suceso similar, culminación de las guerras civiles del S. XIX que, al parecer, «fueron un enfrentamiento entre la sociedad agraria (carlismo) y la urbana (liberalismo)». Pero dicha visión nos parece que simplifica mucho las cosas, aunque encierre algo de verdad. No tiene en cuenta la cuestión nacionalista (en gran parte consecuencia del hundimiento paulatino del Imperio –cuyo Antiguo Régimen no es, en muchos aspectos, homologable al de otros estados–), ni la incidencia de las distintas generaciones de izquierdas (tampoco idénticas en todos los países), ni la constitución coetánea de España como «nación política» (que supuso un revulsivo en su cuerpo político), &c. Por otra parte, viendo la manera de entender la «reconciliación nacional» por parte de algunos, dudamos de su diagnóstico y previsión.

«El tercer hecho –un determinante definitivo del siglo XXI, que estamos iniciando– es el fenómeno de inmigración. España ha pasado de ser un país de emigración [no especifica fechas] a ser otro de inmigración, lo cual cambia radicalmente nuestra escala de valores.»

Pero antes de afrontar el asunto nos dice que la inmigración es necesaria en un país con índices regresivos de natalidad. Ahora bien, ¿Acaso no hay otras alternativas? ¿No cabe incentivar la natalidad, por ejemplo? Además, nos dice que los inmigrantes instalados aquí contribuyen también a mejorar nuestro porvenir, pero sin molestarse en analizar tipos de inmigrantes, con lo que parece no ver pegas en todas las regularizaciones que se lleven a cabo, pues siempre será beneficioso:

«Y así como en Estados Unidos dicho cambio podía afectar a su identidad nacional, algo semejante podría ocurrir en nuestro país, y ello no sólo con una perspectiva de futuro, sino como algo que ya está operante en el seno de nuestra sociedad. Estamos, pues, ante un fenómeno que exige una reconsideración de nuestra propia historia: en otras palabras, un cambio de valores en la percepción de nuestro pasado.»

Deducimos que la expulsión de los judíos o los moriscos [
4] le parecen deplorables, no una medida necesaria para evitar la creación de estados –guetos de posibles enemigos– dentro del estado, aunque a corto plazo favorezcan los intereses de ciertos grupos explotadores (como pasa hoy con los ciertos empresarios y pasaba en tiempos de Felipe III con ciertos señores, especialmente en Valencia). Abellán predica (con supuesta «claridad») desde una concepción armonista idealista propia del multiculturalismo multiétnico, como si, además, España no hubiese conocido durante siglos, como Imperio generador, la asimilación de multitud de etnias y componentes culturales (seleccionados y conformados desde una determinada dirección política). Consecuentemente, también da por sentado que el «reaccionarismo» fue consecuencia de tal falta de diversidad antropológica.

Como vemos, trata de fundamentar sus argumentos apelando a la «hispanización» de Estados Unidos, pero suponiendo que la política estaría supeditada a procesos antropológicos o biológicos espontáneos y armónicos, y creyendo que tal proceso tendrá (aureolarmente) un final feliz. Dicha comparativa (de España con los EEUU) obligaría a reconsiderar nuestro pasado, y D. José Luis nos dice cómo hacerlo:

«Hace tiempo que vengo insistiendo en la necesidad de una 'inversión histórica' en la interpretación de la historia de España.»

A partir de aquí empieza a soltar, uno tras otros, todos los topicazos de la Leyenda Negra, por lo que dicha necesidad de «inversión» se entiende perfectamente: se trata de seguir la táctica interpretativa que denunció Juderías y que implica, en el fondo, el menosprecio por la España efectiva, la del Imperio. Es decir, pretende borrar del mapa la perspectiva político-filosófica (atributiva, sinalógica) del imperialismo español. Al parecer es suficiente con una política «aislacionista» o «ejemplarista», confiando en una armonización multiculturalista de todas las divergencias humanas (de «la cultura»).

Pero, en la práctica, hoy día (en un mundo globalizado sinalógicamente, con multitud de relaciones causales) es imposible tal política. En el fondo la perspectiva armonista permite el sostenimiento de imperialismos depredadores (tan atroces, al menos, como los del Antiguo Régimen). Se trata de un imperialismo que bajo el supuesto de la autonomía de todos los pueblos (el mantenimiento de «fronteras culturales» incluidas) fomenta guetos (internos o externos a los estados), en contra de la equiparación personal más elemental, y muchas veces con tintes racistas.

El Sr. Abellán desprecia tanto a España que se cree al pie de la letra lo que dicen nuestros enemigos. Apela a una España «horizontal» (que tanto gusta a los independentistas) que sustituya a una supuesta España vertical dirigida hacia Dios («Dios era el fin») a través del Imperio, cuando en realidad fue muy distinta, como nos dice Gustavo Bueno en España frente a Europa («Por el Imperio hacia Dios»). Quizá nuestro intelectual no se percate de que lo que en realidad hace es atacar la unidad de España, no sólo su identidad.

Y, como no podía ser de otra forma, recurre al magisterio de Américo Castro, que nos habría demostrado que durante siglos España habría constituido su «personalidad nacional» a través de las sucesivas invasiones de «pueblos» y «culturas» muy diversas, produciendo un auténtico «mestizaje» étnico-cultural. Pero, ¿Acaso la España imperial dio la espalda a este hecho? El presidente del Ateneo no ve que no se trata de eso (como el mismo Ramiro de Maeztu repite reiteradamente), sino de no reducir una política determinada a componentes genéricos (antropológicos, etológicos o biológicos), a factores humanitaristas. Por eso rechaza la idea de Imperio para entender a España (violencias incluidas). Esta confusión de planos es la que permite entender que admire los logros del «mestizaje iberoamericano» (de una supuesta España vital, como hemos visto), a pesar de que en la España peninsular (la «oficial») se imponía un Concilio de Trento supuestamente vinculado a un catolicismo «unidireccional, vigilado por la Inquisición para que no se alterase el monolitismo ideológico. La «tibetización» [contraria a la civilización europea], como diría más tarde Ortega y Gasset, se había impuesto».

Como vemos (a pesar de que el Sr. Abellán probablemente se considera liberal o socialdemócrata) su perspectiva está repleta de ingredientes que hemos atribuido a los intelectuales del «Frente Popular», y que hoy siguen vigentes (según distintas variedades) entre la mayoría de los españoles, tanto de izquierdas como de derechas (Gallardón es una eminencia en este sentido). La última columna del artículo no tiene desperdicio:

«Estamos en el buen camino hacia esa 'otra España' que hoy resulta necesaria y sobre todo con la reforma del Senado que quiere impulsar el actual Gobierno. Ello sería un hito en la recuperación de la solidaridad nacional y crearía un horizonte de esperanza, inédito en nuestro país.»

Sin duda está en lo cierto, pero porque el hito de solidaridad, en lo que tenga de componentes políticos, sería el más bajo de toda nuestra historia (la secesión es más probable que nunca), y porque la «esperanza», de nuestros enemigos (Francia, Marruecos y Alemania sobre todo), se verá incrementada como nunca. Lo que no lograron personajes como Francisco I o Enrique IV lo conseguirá Chirac, con la inestimable ayuda de ZP (eso sí, con muy buen rollito). Pero continúa nuestro destacado intelectual:

«El proceso no termina ahí: la transformación de la base étnica del país, con la incorporación de oleadas de inmigrantes, sería el punto de no retorno (no return point) de esa nueva España. Con ellos habríamos realizado la refundación –¡tan necesaria!– de la sociedad española.»

Sin duda. Con los inmigrantes, sobre todo si son mahometanos inasimilables, habremos logrado cargarnos España de manera difícilmente reversible (quizá en peor situación que la que afrontó Felipe III al expulsar a los moriscos). Sobre todo los amigos de Al-Ándalus (como Chaves) podrán revivir situaciones similares, pero, probablemente, con un final muy distinto: Los españoles (en cuanto tales, «políticamente») serán los neutralizados o expulsados, y el Enrique IV de turno verá colmadas sus aspiraciones. Por fin Francia habrá vencido a la envidiada España. La «sociedad española» (la España vital) podrá ser asimilada por otro Estado con proyectos, al parecer, mucho mejores que los de la negra España de la Inquisición. Y sigue don José Luis Abellán:

«Pero no sólo eso: habríamos inaugurado a su vez una concepción de la 'hispanidad' muy distinta a la tradicional. Esta nueva hispanidad también sería, por supuesto, de corte horizontal y, desde luego, mucho más acorde con el proceso de 'globalización' que estamos viviendo en el Mundo.»

Ya sabemos que todo lo que suene a Imperialismo, jerarquía, verticalidad y orden político hace rechinar los dientes de los globalizadores eticistas, los armonistas del diálogo habermasiano y el buen talante. Pero de esa «hispanidad» dudamos que quede mucho (incluso en términos de «rasgos culturales» antropológicos). Ya se encargarán las nuevas directrices políticas de borrar todo rastro de la hispanidad efectiva (en lo que tiene de dirección incompatible respecto a otros proyectos), empezando por el idioma. Y si las cosas se ponen muy negras, de verdad, bastará con echar la culpa de todo a los «reaccionarios» de siempre, eludiendo así toda responsabilidad (pues los «iluminados» lo ven todo claro, y tienen muy buenas intenciones). De hecho lo sugiere a continuación:

«Estamos en la buena dirección para que esta profunda transformación de la sociedad española se produzca; sólo falta que las fuerzas de la reacción –tan poderosas siempre en España– no lo impidan, secuestrando una vez más el destino nacional.»

No entendemos, de nuevo, cómo un destino fijado (al estilo calvinista) puede ser desviado, aunque sea por culpa de la más tenebrosa «reacción». Pero todo se aclara, al parecer, al final:

«Afortunadamente estamos en Europa, y es difícil que lo consigan, pero no conviene dejar de estar en alerta; deseos no les faltan, como se ha demostrado últimamente [al parecer le molesta que aún queden españoles que se defiendan, no como hacen algunos que se pliegan enseguida ante las amenazas de sus enemigos]. La cuestión es que esa «hacia otra España» que menciono en el título no es ya sólo un buen deseo, como lo era en 1899, cuando Maeztu publicó su libro, sino una realidad incipiente y en marcha.»

De nuevo, ¿Cabe más metafísica en menos espacio? Al parecer con Europa (¿Cuál?) estamos predestinados a salvarnos. Está claro que en el intelectual Abellán no queda ni rastro del catolicismo que sugiere que «obras son amores y no metafísicas justificaciones». Y mucho nos tememos que en la civilizada Europa, que a lo que más se parece es a una biocenosis, hace falta luchar más y ceder menos (las concesiones de ZP –en torno a la Constitución europea y el nuevo reparto de poder, sus concesiones a Gibraltar, &c.– son significativas en este sentido. Se diría que el PSOE dialoga con todo el que menoscabe a España, pero sigue despreciando a quienes intenten mantener o incrementar su poder).

Pocos días después de publicado el artículo anterior aparecía en el periódico La voz de Asturias una reseña del mismo realizada por Ian Gibson, otro intelectual ilustre y famoso hispanista frentepopulista. El encabezamiento de su artículo lo dice casi todo. Se identifica con la tolerancia (como si siempre fuera una virtud), el diálogo, el humanismo, el buen talante, y el buen rollito de ZP. Quienes se opongan a sus designios, a los «destinos» marcados para la sociedad española, será tachado de reaccionario desalmado, y se merecerá ser censurado, cuando no borrado de la faz de la tierra (de la humanidad). El artículo íntegro dice así:

«Ian Gibson: El país está recuperando poco a poco su auténtica tradición de tolerancia, diálogo y humanismo

Hace unos días José Luis Abellán retomaba, en un artículo periodístico, el título del conocido ensayo de Ramiro de Maeztu, Hacia otra España, para encabezar unas reflexiones sobre el estado de la nación en este insólito momento actual.

Al leerlas no pude por menos de recordar al joven investigador –un poco mayor que yo– que tuve la suerte de conocer en 1963 en el Departamento de Español de la Queen's University de Belfast –regido entonces por un hispanista y catalanista excepcional, el llorado Arthur Terry– donde, supongo que para huir del ambiente asfixiante del franquismo, ejercía de lector. Abellán era un hombre de buen humor, con una simpática risita que conserva intacta 40 años después. Llegaba a Belfast con mucho trabajo ya hecho o en preparación, y con la vocación decidida de dedicar su vida a explorar en profundidad las raíces, las esencias y el desarrollo de la filosofía patria, proyecto que cuajaría, al correr de los años, en su monumental Historia crítica del pensamiento español.

Guardo muchas anécdotas de la breve estancia de Abellán en Irlanda del Norte. Y también algún que otro testimonio escrito. Por ejemplo, el borrador de la carta enérgica que dirigió a la propietaria de la casa alquilada donde residía. En ella, en un inglés todavía vacilante, el futuro presidente del Ateneo de Madrid protestaba por las "insalubres" emanaciones de una chimenea de carbón que constituían, estaba convencido de ello, una sentencia de muerte segura para él y su familia.
En aquellos tiempos Abellán tenía otra chimenea más personal, una pipa que fumaba con enorme delectación mientras, en nuestras innumerables conversaciones, discurría incansablemente sobre España, la dictadura, la Segunda República y, con particular énfasis, los escritores de la llamada Generación del 98. Tuvo mucha paciencia conmigo, porque mi conocimiento de tales autores era entonces mínimo y había leído poco más que En torno al casticismo e Idearium español.

Ahora me doy cuenta de que aquella convivencia casi diaria durante un año influyó considerablemente en mi manera de entender a España. Por todo ello, y más cosas que no vienen aquí al caso, estoy muy en deuda con Abellán. Y he constatado con orgullo –aunque desde lejos, porque después nos veríamos poco– la magna aportación que ha ido haciendo al conocimiento de este país tan complicado, tan entrañable y a veces tan arisco.

Pero volvamos al punto de partida de estas consideraciones. En el artículo citado, después de repasar brevemente la trayectoria de Ramiro de Maeztu desde el "grito de rebeldía" de Hacia otra España (1899) hasta el canto fascista al imperio que es Defensa de la Hispanidad (1934), Abellán se centra en la situación hoy imperante en el país y afirma que la "otra España", tan largamente deseada, es ya una realidad. Por tres hechos principales. El cambio de la España rural a la urbana –con la modificación de mentalidad consiguiente–, la guerra civil de 1936-1939 y la imposibilidad de otra contienda parecida en el nuevo marco europeo y el fenómeno actual de la inmigración, absolutamente necesaria para que, entre otras razones, se pueda mantener el nivel de vida alcanzado.

Una de las consecuencias más deseables de la inmigración –fenómeno inusitado en un país tradicionalmente emigrante– sería, según Abellán, ¿y cómo dudarlo?, una revisión a fondo de la historiografía española, dominada, durante siglos, por un integrismo católico empeñado en seguir viendo la península Ibérica como una plataforma "elegida por la Providencia" para el cumplimiento de una misión imperial y evangelizadora. Misión iniciada con el aniquilamiento de la coexistencia de cristianos, musulmanes y judíos, creadora, a lo largo de un milenio, de una cultura mestiza única en el mundo.

Abellán no se avergüenza de proclamar su adhesión a las tesis de Américo Castro –que tanta rabia continúan provocando entre las huestes de la reacción– y lleva décadas proponiendo la recuperación de la que tiene por auténtica tradición española: la de la tolerancia, del diálogo y del humanismo.

Piensa que a partir de la Constitución de 1978 vamos en el buen camino: en lugar de la secular España vertical hay ahora otra más horizontal, y la conversión del Senado en Cámara legislativa territorial, impulsada por el actual Gobierno, será otro paso de gigante en la dirección correcta.

Pero lo más importante de todo será la plena incorporación a esta otra España de los inmigrantes. Tratarán de impedirla las derechas, ¿"secuestrando una vez más el destino nacional"? José Luis Abellán, que las conoce bien, no lo duda. Aunque por suerte estamos en Europa, aconseja que no dejemos de estar en alerta.

Y, claro, no se equivoca. Hace un año, con el país ya involucrado en la invasión de Irak, Abellán publicó en el mismo lugar un artículo titulado España contra sí misma. Allí razonaba que la participación española en empresa tan descabellada le parecía, a la luz de la historia, "totalmente injustificada e injustificable", recordaba la labor compartida de cristianos, musulmanes y judíos en la Escuela de Traductores de Toledo, "germen del renacimiento filosófico europeo del siglo XII", y razonaba que el pensamiento español, en su entraña más honda, es "una negación de la religión del éxito" y una afirmación de la dignidad esencial del hombre tal como se plasma en el Quijote, máxima expresión del humanismo español.

Era una traición y una locura que José María Aznar nos hubiera metido en una aventura ilegal cuyo único saldo iba a ser el empeoramiento de nuestras relaciones con el mundo islámico.

Hoy, tras la tragedia del atentado de Atocha y la pérdida de las elecciones por el Partido Popular, existe con nuestro vecino Marruecos una entente no sólo cordiale sino excelente. La retirada de las tropas españolas de Irak ha sido ejemplar. España ha vuelto al corazón de Europa. El reciente Premio de Cultura Arabe de la Unesco al decano de los arabistas españoles, Juan Vernet, propuesto por el Gobierno, es otro síntoma, entre muchos, de un cambio de clima radical.

Es difícil no estar de acuerdo con José Luis Abellán: la otra España es ya una realidad. Ian Gibson.»

Aunque apenas hagan falta comentarios fijémonos en varios aspectos. En primer lugar, el influjo que ha tenido José Luis Abellán sobre la visión de España de Gibson. El hecho de que llame «fascista» a Ramiro de Maeztu lo dice casi todo. Su adhesión a las tesis de Américo Castro (extremando su «armonismo humanitarista») frente a la «reacción» que critique tales supuestos, son otra prueba de la claridad y profundidad de su intelectualidad. Sin duda tiene razón al advertir que con la Constitución de 1978 «vamos en el buen camino», pero para los enemigos de España. Sin duda que la política de premiar la inmigración ilegal nos lleva por dicho camino, pero tal como pretenden Marruecos o Francia que, entre otras cosas, podrá desviar hacia España todos los inmigrantes indeseables que le sobran. Además, ni Abellán ni Gibson han entendido lo más importante del Quijote, que lejos de representar un canto al humanitarismo más genérico y ramplón supone una semblanza del Imperialismo español, de la necesaria «locura» para intentar cambiar el mundo en contra de las mentes más acomodaticias y «dialogantes».

¿Y qué decir de la guerra de Irak y de «los agujeros negros del 11 M»? Los que se mofaban de Aznar por su conferencia en Georgetown seguramente se inhiban un poco más después de la detención de los terroristas que iban a volar la Audiencia Nacional (o de los detenidos en Lanzarote), muy a pesar de que Zapatero se ha plegado objetivamente a las exigencias de los terroristas [
5]. Las palabras de Ben Laden animando a la reconquista de Al-Ándalus parecen no existir para estos ilustrados (casi masónicos) pensadores. No les vendría mal leer alguna de las obras de Serafín Fanjul, como Al-Ándalus contra España o La quimera de Al-Ándalus para revisar tanto cuento sobre el Toledo de las «tres culturas». A pesar de las ilegalidades supuestamente cometidas por Aznar en la guerra de Irak (¿según qué Derecho efectivo?), con Zapatero y Moratinos nos llevaremos mucho mejor con el mundo islámico; nos plegaremos milimétricamente a su paz, a lo que nos marquen Marruecos y sus aliados antiespañoles de siempre. España habrá vuelto al corazón de Europa (como si alguna vez se hubiera marchado de tal biocenosis), pero para disolverse en su seno, en el sentido que marquen otros. Por fin habrá desaparecido la España imperialista y «prisionera de pueblos» que odian los nacionalistas. Piensan que en Europa el catalán o el vasco serán fomentados más que en España. Pero mucho nos tememos que alemanes y franceses son menos propensos al chantaje nacionalista que los españoles actuales.

Visto lo visto, en gran medida tenemos que estar de acuerdo con la conclusión que obtienen ambos «intelectuales»: la otra España es ya una realidad. Tan es así que de aquí a muy poco tiempo no habrá quien la reconozca (como deseaba Alfonso Guerra). Y es que el PSOE es mucho partido, aunque no sea el único responsable. Los «intelectuales» como Abellán, y todos los que asumen su «claridad» crítica, también son culpables en este sentido.


Las izquierdas satisfechas

Desde el materialismo filosófico hay que asumir que el individuo (ego) es un fenómeno que puede resultar engañoso para entender la esencia social, socialista, de toda conciencia racional corpórea –de la persona como constituida en una «sociedad de personas» (ver los Ensayos Materialistas de Gustavo Bueno, Taurus, pág. 197)–. De una manera paralela creemos que se puede argumentar que los estados «soberanos» (considerados distributivamente) son sólo un fenómeno que puede resultar engañoso a la hora de apreciar la configuración de su totalización atributiva como «sociedad política universal» (como idea límite). Es decir, la perspectiva distributiva es dual respecto a la atributiva, y no puede privilegiarse, en contra de quienes, incluso, llegan a ver en dichos estados como superestructuras que oscurecen una Humanidad ya definida y solidaria armónicamente.

El imperialismo filosófico es la perspectiva de quienes entienden que la definición racional y el ordenamiento de la humanidad implican el desbordamiento de tales soberanías (gracias a la superación metapolítica de la perspectiva diapolítica, pero sin recaer en la utopía, sino filosóficamente, reconociendo los propios límites en dicha tarea). La perspectiva imperialista diapolítica y metapolítica son momentos necesarios, pero no suficientes por sí mismos, para alcanzar la perspectiva propia del imperialismo filosófico. Es decir, esta perspectiva reconoce la necesidad de una plataforma idiográfica (círculos operatorios estatales normalmente) para poder influir eficazmente en la expansión sobre otros estados, pero también asume que es gracias a una perspectiva metapolítica (metaestatal, no utópica) como puede entenderse la necesidad de tal expansión mundializadora (civilizadora).

Lo cual supone una reforma del mismo entendimiento, que le conduzca a verse envuelto por estructuras que lo desbordan y lo constituyen tal como es (in fieri).

Dicha perspectiva es la que ha intentado compensar una perspectiva universalista cósmica o teológica («Metapolítica»), aunque subrogando la racionalidad humana a presupuestos praeterracionales (que incluían en la teología católica una concepción lógica y ontológica porfiriana de la Humanidad, con propiedades intensionales obtenidas de manera repentina «gracias» a Dios –con todas las propiedades de «lo humano» presupuestas conjuntivamente, no en una dialéctica inacabada, «in fieri»–).

Las distintas generaciones de izquierdas definidas (excepto el anarquismo, que pretende alcanzar la sociedad socialista sin la mediación de plataformas estatales, pues sabe que corre el peligro de acabar coincidiendo con el ritmo de la derecha) han acabado asumiendo límites al proyecto expropiador de la derecha, tanto hacia dentro como hacia fuera del propio estado. Así, han terminado por admitir (de manera más o menos entusiasta) la necesidad de partir del propio estado como tal, como plataforma desde la que intentar llevar a cabo tal expropiación (superando las barreras del mismo estado). No le preocuparía tanto el fin de de ordenar a todos los hombres dentro de una sociedad de ciudadanos libres e iguales (incluso fraternales, que no precisarían de igualdad, suplida por la generosidad), sino el medio para superar la propiedad considerada como injusta. Pero en tal tarea (re-medio) ven la necesidad de establecer límites a tal expropiación. Y de los fracasos de los intentos habidos han surgido izquierdas indefinidas que también (como la Iglesia) pretenden soluciones repentinas, apolíticas, partiendo de plataformas muy distintas, e incluso pretendiendo saber el fin de su tarea, por presuponer la definición de la humanidad (en una línea ontológica paralela a la lógica porfiriana que aún suele utilizarse al tratar estos asuntos).

Pero en España, además, se da la circunstancia de que las izquierdas, en general, han menospreciado el papel que el Imperio tuvo en el camino hacia la formación de una sociedad universal (aunque dentro aún del Antiguo Régimen, sin ciudadanos libres e iguales políticamente –sobre todo respecto a los poderes de la capa conjuntiva–). No aprecian que, aún desde una metapolítica de tintes católicos praeterracionales, el Imperio español fue, in medias res, un momento muy digno hacia el establecimiento de una sociedad racional universal.

Se da la situación dialéctica de que las izquierdas precisan borrar todas las barreras de apropiación entre los individuos pero para ello precisan partir de ciertos círculos operatorios (sobre todo el máximo del estado y el mínimo de la familia) que sirvan de sostén para tal empresa, ya que el punto de partida del regressus holizador no es una sociedad aestatal única (a la que se pretende llegar, de un modo indeterminado, en el progressus), sino múltiples sociedades estatales. Y la única manera de llevar adelante el proceso expropiador es a través de un imperio, del que, paradójicamente, se reniega. Las izquierdas indefinidas no quieren saber nada de re-medios estatales (no repentinos) para llevar a cabo la revolución. Las izquierdas definidas, sin embargo, acaban asumiendo dicha contradicción y tratan de superarla paso a paso y en los múltiples terrenos en que se manifiestan los poderes (de apropiación) corticales, conjuntivos y basales. Ahora bien, esta postura no es utópica (no busca un fin determinado, sino la aplicación de un método abstracto de expropiación) aunque debe ser prudentísima, pues de lo contrario corre el peligro de ajustarse al ritmo de la derecha, descuidando su proyecto expropiador de poderes privi-legiados (anclados en principios suprarracionales). Y, de hecho, las izquierdas definidas, que han asumido la misión expropiadora originaria de distintos modos, han terminado por tomar tantas medidas ecualizadas con la derecha que «ni la izquierda radical, con ser su madre, las reconocería». Pero ahí está el método, esperando que una nueva generación de izquierdas se atreva a empuñar su arma (nunca mejor dicho: incluida la guerra).

Y ese, probablemente, sea uno de los motivos fundamentales por los que las izquierdas españolas no aceptan el papel que tuvo el imperio en la formación de una sociedad universal racional. Pero tanto en la Guerra de la Independencia como en la Guerra Civil hubo izquierdistas que acabaron por asumir la «plataforma» española (uniéndose a la derecha) al percatarse de que la revolución que les prometía libertad o igualdad tenía unas determinaciones imperialistas distintas (francesas o rusas). Y es que la dialéctica de clases no es comprensible separada de la dialéctica de estados (sobre todo en su forma imperial). Por este motivo, y a pesar de todo, muchos izquierdistas (liberales, socialdemócratas, comunistas, e incluso anarquistas) acabaron por aceptar una plataforma patriótica frente a la URSS (pero sin reasumir muchos componentes de la España efectiva –católica–)

De aquí que la Leyenda Negra sobre España (que ha sido un Imperio) arraigue con tanta facilidad sobre todo entre las izquierdas indefinidas, coincidiendo en muchas ocasiones con derechas que se acogen a proyectos cuyos reinos «no son de este mundo» y que confían en algún tipo de acontecimiento repentino (juicio final, comunión de todos los santos, fraternidad universal, &c.) que eleve a todos los hombres a la condición de personas (santas).

De aquí también se deriva que sean las izquierdas indefinidas las mejores aliadas (objetivas) de los nacionalismos fraccionarios que buscan destruir (lo antes posible) al estado del que forman parte, pues reniegan de medidas estatales –y no repentinas– para llevar a cabo la revolución. Las Izquierdas definidas no ceden tan fácilmente al chantaje de los terroristas independentistas (o de los anarquistas), pues saben que con un estado más pequeño (o sin estado) la tarea expropiadora (hacia dentro y hacia fuera) es mucho más difícil, por no decir imposible. Y mucho nos tememos que las izquierdas actuales que hay en España tienen muy poco de «españolas» y de definidas, motivo por el cual ceden nuestros poderes (propiedades) a todo aquel que entre en disputa (independentistas o estados enemigos). Estas izquierdas dicen que no les hace falta ningún poder político (menos aún si es violento). Ellos (de cara a la galería) «tienen la palabra», pero una palabra abstracta e indefinida, que tanto les da que se pronuncie en español, eusquera, catalán o francés (para Zapatero la celebración del aniversario de la publicación de El Quijote es un simple acto «cultural», europeo, universal; lo de menos es que esté escrito en español y que represente al Imperio español; más aún, este detalle deberá ser ocultado por todos los medios). En la práctica lo único que quieren es que les dejen tranquilos, satisfechos, para poder «disfrutar» de la vida, y pobre de aquel que interfiera en la manera de administrar su cortijo.

En contra de esta «intelectualidad» pensamos que la verdadera política exige definirse respecto del Estado como plataforma desde la que emprender cualquier proyecto político, que sólo será política verdadera si profundiza en la racionalidad y la universalidad que promueven los imperialismos generadores. De hecho, repetimos, las izquierdas definidas, salvo el anarquismo, acaban asumiendo dicha plataforma en la práctica (sea cual sea su propaganda). Así ha ocurrido con la izquierda liberal, la socialdemócrata, la comunista y la asiática. Podríamos decir que, al menos en lo relativo a la necesidad de mantener la propiedad privada estatal (frente a otros estados) todas las izquierdas se derechizan, pues no cabe convertir al prójimo (a otras gentes) si no es manteniendo una cierta fortaleza. Pero son muchas personas, como Carmen Rigalt («Soy 'progre'... ¿y qué?», en El Mundo del 16 de noviembre de 2004), quienes piensan que se puede «progresar» sin asumir nada de nuestro pasado, sin patria:

«Para progresar hay que arriesgarse o cuando menos cuestionar las cosas. Frente al progre está el neocon, que dicen por ahí fuera. El neocon de este lado del Mississippi, con tal de no pensar, apuesta siempre por lo mismo (...) Va a lo fácil, a lo seguro, a lo de siempre (...) Yo no soy de toda la vida. Soy del último cuarto de hora (...) Diré más: siempre llevo la pancarta puesta. El que no se anuncia, no jode.»

Pero una cosa es arriesgarse, y otra pretender hacerlo desde la nada (política). Carmen Rigalt presupone (idealistamente) que no parte de una determinada herencia política, que incluye la gestión del territorio y de múltiples aspectos culturales (fundamentalmente el idioma común) canalizados de una manera peculiar, aunque sus materiales sean comunes a otros pueblos en muchos casos. Doña Carmen forma parte de esas izquierdas satisfechas que se oponen a todo tipo de guerra (que, además, incluye muchos riesgos que sus «ansias infinitas de paz» seguramente no pueden asumir), pero que exigen que no les falte de nada (incluido el petróleo) para seguir anunciando su cómoda manera de vivir. En la práctica aprovecha sin reparos lo que ofrecen las democracias de mercado pletórico, en las que se sienten muy cómodos los progres capitalistas (como Lluis Llach, El Gran Wyoming, Bod Dylan o Juan Manuel Serrat –Magazine de El Mundo del 14 de noviembre de 2004–), desarrollando negocios vitivinícolas que les permiten disfrutar de la vida alejados del mundanal ruido (de los «desheredados»), exigiendo la seguridad de sus propiedades y de su manera de vivir. ¿Se puede ser más cínico?.


El Quijote contra la Leyenda negra sobre España

Nosotros pensamos que El Quijote, como nos dice don Gustavo Bueno, representa al Imperio español. Para hacerse una idea rápida de la perspectiva que mantienen los intelectuales sobre España (aunque dicha noción deba ser profundizada a través de una crítica clasificadora) basta con ojear lo que tales personajes piensan de ciertos acontecimientos históricos transcendentales para la constitución y persistencia de la misma (la Reconquista, la expulsión de los judíos y los moriscos, la Conquista de América, el papel de la Inquisición, &c.). Pero igual de revelador es investigar lo que «ven» en El Quijote. En el caso de los nacionalistas está claro. El mero hecho de que El Quijote esté escrito en español les pone en guardia contra dicha obra.

Don Arturo Enríquez Malvé, en una carta al director del diario El Mundo del 16 de noviembre de 2004, crítica los postulados del PSOE respecto a España y la religión católica, y nos sugiere la lectura del capítulo XXVII de la segunda parte del Quijote. Dice Don Quijote que:

«Los varones prudentes, las repúblicas bien concertadas, por cuatro cosas han de tomar las armas y desenvainar las espadas y poner a riesgo sus personas, vidas y haciendas: la primera, por defender la fe católica; la segunda, por defender su vida, que es de ley natural y divina; la tercera, en defensa de su honra, de su familia y hacienda; la cuarta, en servicio de su rey en la guerra justa; y si le quisiéremos añadir la quinta, que se puede contar por segunda, es en defensa de su patria.»

Está claro que en lo referente a la primera causa, hoy día sería necesario hacer una reinterpretación del catolicismo español desde el ateísmo («Por la moral católica atea hacia el Imperio español»), reasumiendo sus postulados de manera crítica, pero sin renegar (como hacen los malos hijos) de sus progenitores, cuando su dignidad no es despreciable. La segunda y la tercera apelan a la firmeza en la defensa de la vida –del modo de vida– incluidas las propiedades materiales y morales, canalizadas políticamente. La cuarta nos recuerda la doctrina de Vitoria y de Sepúlveda (como se ve posteriormente –en contra de una interpretación pacifista, lascasiana, del Quijote, muy común hoy día–). Y la quinta incide en que la vida (la manera de vivir) no es nada sin la patria, sin la herencia común recibida de nuestros padres, y canalizada políticamente de una determinada manera (no puede reducirse a una «intrahistoria»). Más adelante recuerda un principio fundamental del catolicismo (que Cervantes, por boca de Sancho, entiende como Teología –política–, al hilo de un pasaje espléndido sobre las malinterpretaciones de los rebuznos de Sancho, que confirman lo explicado por D. Quijote acerca de que muchos se pelean por nimiedades):

«A estas cinco causas, como capitales, se pueden agregar algunas otras que sean justas y razonables y que obliguen a tomar las armas, pero tomarlas por niñerías y por cosas que antes son de risa y pasatiempo que de afrenta, parece que quien las toma carece de todo razonable discurso; cuanto más que el tomar venganza injusta, que justa no puede haber alguna que lo sea, va derechamente contra la santa ley que profesamos, en la cual se nos manda que hagamos bien a nuestros enemigos y que amemos a los que nos aborrecen, mandamiento que aunque parece algo dificultoso de cumplir, no lo es sino para aquellos que tienen menos de Dios que del mundo y más de carne que de espíritu; porque Jesucristo, Dios y hombre verdadero, que nunca mintió, ni pudo ni puede mentir, siendo legislador nuestro, dijo que su yugo era suave y su carga liviana , y, así, no nos había de mandar cosa que fuese imposible el cumplirla. Así que, mis señores, vuesas mercedes están obligados por leyes divinas y humanas a sosegarse.»

En el capítulo siguiente se ponen de manifiesto los reparos de Sancho para dejar su segura vida campesina (como si estuviera garantizada sin concurso político) en pos de fines «espirituales» tan altos (esencia del imperio generador), de los que el mismo D. Quijote es consciente de que no está capacitado para perseguirlos siempre (y menos de una manera repentina), siendo necesario en ocasiones retirarse prudentemente esperando tiempos mejores. Sancho exige su salario y poco más. Pero D. Quijote le reprende por zopenco y desagradecido, y le hace ver que un campesino puede llegar a ser gobernante (de una ínsula, por ejemplo).

Sancho y Quijote (como grupo atributivo binario) nos recuerdan a los grupos de individuos de la Reconquista y la Repoblación, que se formaron como personas a través de la azada –también de la hoz y el martillo– (de la capa basal), la cruz (la palabra, de la capa conjuntiva especialmente) y la espada (de la capa cortical), y que podían «señorearse», gobernarse, dirigirse (frente al Islam), para desarrollar la empresa de España: forjar «personas» a partir de las «bestias», elevar a los bárbaros a la condición de ciudadanos (aunque aún no se apelara a la igualdad de los revolucionarios de 1789). La firmeza y la generosidad debían conjugarse y canalizarse prudentemente para mantener dicho proyecto una generación tras otra. Al final Sancho pide perdón y promete rectificar. Don Quijote le perdona, pero siempre que se enmiende en el futuro (con obras):

«Maravillárame yo, Sancho, si no mezclaras algún refrancico en tu coloquio. Ahora bien, yo te perdono, con que te enmiendes y con que no te muestres de aquí adelante tan amigo de tu interés, sino que procures ensanchar el corazón y te alientes y animes a esperar el cumplimiento de mis promesas, que, aunque se tarda, no se imposibilita. Sancho respondió que sí haría, aunque sacase fuerzas de flaqueza.» (final del capítulo LXII).

Y es que Cervantes, como buen católico español (heredero de los grupos de españoles curtidos en mil batallas contra los musulmanes) sabía que la persistencia de cualquier grupo no depende sólo de la justicia (en su sentido moral pleno, cerrado a unos componentes supuestamente estables y según normas supuestamente definitivas que pretenden «dar a cada uno lo suyo» para mantener la firmeza y consistencia grupal), sino que, como el renegado del pueblo elegido Carlos Marx (Bueno, España frente a Europa, págs. 436 y 437), entendía que hay otro tipo de justicia (de raíces más bien éticas), fundada en la generosidad y la misericordia; una justicia que no cabe formalizar legalmente, o institucionalizar definitivamente, pues los principios rectores de dicha conjugación son prudenciales (político-filosóficos). Dicha prudencia (a distintas escalas) intenta conjugar eutáxicamente firmeza (individual y grupal) y generosidad. Esta última pretende abrir las barreras del grupo a nuevos individuos, contemporáneos y descendientes, con los que nos sabemos «dependientes» atributivamente (simultánea o sucesivamente). Nos dice el Quijote:

«Al culpado que cayere debajo de tu juridición considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente, porque aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia» (final del capítulo LXII).

De una manera similar nos dice Marx que «De cada cual según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades». El problema es que tal misión (fin) es muy abstracto, y en cada grupo concreto (en el límite la «sociedad política universal») su aplicación es harto compleja (no repentina), precisa de una prudencia transcategorial, filosófica, que ningún gobernante filósofo (como sugería Platón) ni ningún tanto por ciento de personas que entiendan de problemas categoriales y filosóficos (como sugiere don Gustavo Bueno) puede asegurar resultados eficaces en la apropiación y reparto eutáxico de trabajo, bienes y valores (de la Producción). La izquierda radical tiene límites a la expropiación si pretende mantener una sociedad de personas (pues no cabe una sociedad de individuos independientes).

Sancho también sabe que no cabe el «igualitarismo» distributivo (comunalista) que pretende equiparar a todos los sujetos en todos los aspectos de la vida (tanto «materiales» como «espirituales»), pues, por ejemplo, no todos quieren (o pueden) gobernar. Sancho Panza quiere ser parte del grupo político como campesino, no como gobernador de ínsulas. Aunque esta ocupación no parecía dársele mal, se siente más señor, más libre –más identificado con su propia personalidad– en sus antiguas ocupaciones y proyectos, igualmente dignos como persona:

«Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad: dejadme que vaya a buscar la vida pasada, para que me resucite de esta muerte presente. Yo no nací para ser gobernador ni para defender ínsulas ni ciudades de los enemigos que quisieren acometerlas. Mejor se me entiende a mí de arar y cavar, podar y ensarmentar las viñas, que de dar leyes ni de defender provincias ni reinos. Bien se está San Pedro en Roma: quiero decir que bien se está cada uno usando el oficio para que fue nacido. Mejor me está a mí una hoz en la mano que un cetro de gobernador, más quiero hartarme de gazpachos que estar sujeto a la miseria de un médico impertinente que me mate de hambre, y más quiero recostarme a la sombra de una encina en el verano y arroparme con un zamarro de dos pelos en el invierno, en mi libertad, que acostarme con la sujeción del gobierno entre sábanas de holanda y vestirme de martas cebollinas.» (Cap. LIII de la segunda parte).

Su gobernación no fue resultado de una locura, más o menos pasajera del Caballero de la triste figura (del Imperio decaído), sino de sus merecimientos personales, como le dice Alonso Quijano desde la conciencia de su decadencia caballeresca (de la esencia del Imperio):

«Y si como estando yo loco fui parte para darle el gobierno de la ínsula, pudiera ahora, estando cuerdo, darle el de un reino, se lo diera, porque la sencillez de su condición y fidelidad de su trato lo merece» (capítulo final)

Su gran empresa dio ocasión para errar y motivos para inventar disparates leyendanegristas (como los que le da a Avellaneda: «porque parto de esta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos» –capítulo final–), pero Don Quijote sabía que su empresa era transcendental para la definición del Género Humano de una manera determinada (definición de persona y sociedad de personas), aún a riesgo de equivocarse.

Con esas mismas fuerzas de que hemos hablado se llevó a cabo la Reconquista y la Conquista de América, con la azada, la cruz y la espada, con el señorío generador de nuevas ciudades y nuevos señores que exigía el Imperio español (ensanchar el corazón, abrir las fronteras a nuevas gentes para integrarlas en España), aunque la tarea no pudiera acabarse por múltiples motivos que superaron la voluntad de sus protagonistas. Quien menosprecie lo conseguido es que no ha entendido nada de España, ni del Quijote (como le ocurre a Zapatero, a pesar de que pidió conmemorar por todo lo alto el cuarto centenario de su publicación, pero –como veremos– sin profundizar en su significación filosófico-política).

La segunda parte de esta obra filosófica (de filosofía política, en que la prudencia es fundamental) creemos que recoge la importancia que tienen los relatos, tanto de los grupos amigos como de los bandos enemigos, sobre el devenir de las propias obras del Quijote [
6]. (del Imperio, desde la perspectiva del Islam o de las naciones europeas –poco católicas– que fomentaron la Leyenda Negra estimulada por Las Casas desde su perspectiva distributivista). Cervantes nos pide, cuando se ve morir como caballero andante (al decaer la esencia del imperio, que exige su existencia, su realización efectiva), que guardemos testimonios fiables del Quijote (como los del Cid-e Hamete Benengeli –¿un converso simbólico?–), que limpiemos su nombre, que no lo resucitemos falsamente como pudiera hacer Avellaneda; es decir, que luchemos contra las Leyendas Negras sobre España tratando de recomponer dicho imperio a partir de lo que queda de España, para que nuestra individualidad persista en el mismo tipo de norma personalizadora y la transmita a futuras generaciones.


-------------
NOTAS

[1] Ver el artículo de Gustavo Bueno dedicado a la Solidaridad en El Catoblepas, Nº 26, pág. 2. Ver también el Catoblepas, nº 2, pág. 3.

[2] La perspectiva «esencial» no tiene por qué reducirse a una determinada perspectiva etic (fisicalista, al estilo de Marvin Harris) ni a una perspectiva emic (por ejemplo espiritualista –Pike–). Como nos cuenta don Gustavo Bueno en Nosotros y ellos, los tsembaga no bajan de una determinada altura de la montaña, porque conozcan a los «espíritus» (emic) que creían que habitaban más abajo y que provocaban su muerte, ni porque conozcan los mosquitos anofeles que transmiten la malaria, y mucho menos el «plasmodium falciparum» (etic médico). Está claro que los tsembaga no «alucinan» (sin más), como podría pensar algún antropólogo o psicólogo (etic), cuando apelan a los espíritus, pues la conducta (pragmática: huir, explorar) que se atiene a ciertas reglas funcionales (no bajar de determinada altura) permite que dicha tribu sobreviva, y es «eficaz» a falta de otras alternativas más potentes, por lo que su conducta cubre una determinada «franja de verdad». Esta explicación racional (esencial) incorpora y explica la conducta de los tsembaga sin reducirla a una «alucinación». Al no disponer de microscopios (y de una tradición médica y biológica), los tsembaga acuden a ciertas «reglas de conducta» que les permitan sobrevivir en condiciones no controlables de otro modo. Pero dicha práctica es «arcaica» y rechazable si caben otras alternativas más potentes de acción (la defensa contra la enfermedad, a través de la vacunación, p.e.). Los criterios para rechazar una práctica no son «científicos», sino filosóficos (aunque se trate de una filosofía inconsciente o idealista). Pero hay muchos otros casos en que la conducta no pertenece al ámbito médico-biológico (en el que el arcaísmo es más evidente), sino a prácticas asumidas mitológica o nematológicamente a través de una moral (apariciones, posesiones, fiestas populares múltiples –como las taurinas-, &c.). Tenemos el ejemplo de la posible justificación para eliminar (o sustituir) los ceremoniales de la Semana Santa andaluza. Como nos sugiere Gustavo Bueno, en otro lugar, quien diga que se trata de un ceremonial con fines «sociales» para afrontar la muerte (supuestamente «irracional») por parte de los miembros del grupo, estará reconociendo la incapacidad de la «razón» de los andaluces –no la suya–, y además estará justificando dichas prácticas, en la medida en que no se opone a ellas proponiendo ceremonias alternativas (mantiene a los creyentes en una especie de «gueto» de irracionalidad a la hora de definir al Género Humano). La consideración de tales prácticas desde un punto de vista estético o sociológico (etic –como ceremonia «justificable» que mantiene unido al grupo–) no sólo es discutible para los creyentes. Esencialmente habría que ver si caben alternativas más racionales para mantener dicha «solidaridad» (por ejemplo frente al empuje del Islam en Andalucía y en el resto de España) y cómo implantarlas (aunque puedan ser necesarias algunas medidas «drásticas» o repentinas). Pues pudiera ocurrir que atacando al catolicismo –bastante domesticado por la «razón ilustrada»– dejásemos el camino expedito para un islamismo mucho más peligroso y menos domesticable. La «razón» de muchos progresistas es de tipo «aureolar», y dan por supuesto aquello que luego no pueden transformar efectivamente.

La asunción de la religión budista por un occidental (no tanto por un indio antes de entrar en contacto con occidente) representa una falsa conciencia alienante. En la India Buda proclamó la religión del Nirvana (huir del deseo, de las «ganas de comer») para intentar superar el clasismo del hinduismo y sus castas. Dicho programa conductual podría ser funcional en una sociedad con millones de pobres (de ahí que la meditación transcendental, heredada del hinduismo, exija un gasto de energía mínimo –el Budismo es una «religión de hibernación»–). Pero en una sociedad «occidental» hay otros procedimientos más potentes y racionales para controlar la natalidad, redistribuir la riqueza, mantener a raya ciertas injusticias, &c. como se pone de manifiesto en la invasión del Tibet por parte de China. El problema es que son múltiples los proyectos «mundializadores», cuya potencia racional no puede darse por supuesta.

[3] Como nos advierte Gustavo Bueno en España Frente a Europa (pág. 251 y sgts.) la mayoría de los historiadores españoles (sobre todo de izquierdas, pero también de la derecha) se mueven en la línea de soslayar la importancia de la idea de Imperio en la constitución de España. En este grupo tan amplio y heterogéneo cabe incluir a don Américo Castro y a don Claudio Sánchez Albornoz, a pesar de sus diferencias y disputas. Podríamos decir que tanto Américo Castro como Sánchez Albornoz se movieron muchas veces en un plano no filosófico (antropológico o biológico) que no les permitió profundizar en la historia política de España, en su papel imperial dentro de la Historia Universal. A pesar de sus múltiples y brillantes intuiciones, ninguno de los dos, nos parece, llegó a captar la Idea de España de la que nos habla Gustavo Bueno. El primero tenía cierta predilección por resaltar los componentes culturales islámicos, mientras que el segundo se dejó guiar más por el europeísta Ortega. Pero ninguno de los dos resalta la importancia de la configuración político-filosófica de tales componentes en una dirección y sentidos determinados. Con razón D. Claudio reniega intelectualmente de muchas de sus propias interpretaciones históricas. Su libro España, un enigma histórico lo entiende como un «hijo bastardo» en muchos aspectos –interpretativos–, aunque asuma cariñosamente su autoría (Carmen Sarmiento, «Sánchez Albornoz, 40 años después», Sedmay, Madrid 1976, pág. 65).

[4] Acaba de publicarse el libro (inédito hasta ahora) de Gregorio Marañón sobre la expulsión de los moriscos (Expulsión y diáspora de los moriscos españoles, Taurus, 2004). Lo más interesante de él es ver cómo la Inquisición tuvo una función eminentemente política (como nos han ilustrado Atilana Guerrero y Pedro Insua en las páginas de El Catoblepas), así como la apreciación de que la decisión final de Felipe III fue «necesaria» (el fin justificaba el «re-medio», pues no quedaba otra alternativa digna). Pero lo más aleccionador es ver cómo los dirigentes españoles de entonces, tuvieron que determinarse por tal solución a pesar de los inconvenientes (graves en algunas zonas), y a pesar de los intereses contrapuestos de algunos señores que aprovechaban muy bien los servicios de los moriscos. Se trataba de una mano de obra barata que iba aún más en contra de que los campos fueran explotados por cristianos viejos. En gran medida ocurre como hoy. Pero lo interesante es saber apreciar, detrás de los paralelismos antropológicos con la actualidad, la posible prudencia política de los dirigentes de entonces y de ahora. Gregorio Marañón supo ver esto sin dejarse arrastrar por anacronismos que pretenden que la política de los reyes era irracional por ser «católica». Quienes critican la expulsión no ven los fulcros de verdad que encerraba el catolicismo español, ni los paralelismos múltiples de la situación de entonces con los guetos que se están generando actualmente a través de una inmigración descontrolada (no integrada) y cada vez más numerosa. Es curioso cómo se habla de «inmersión lingüística» de los inmigrantes para ocultar la necesaria asimilación, como si con el aprendizaje de la lengua no quisieran «convertirlos» a la ciudadanía española, como si se pudiera ser «hombre» sin pertenecer a ningún estado…, de manera que hablar español fuese como darse un baño de agua que luego podemos secarnos sin que nos afecte «personalmente»).

[5] El Presidente del Gobierno, don José Luis Rodríguez Zapatero, en su comparecencia del día 13 de diciembre de 2004 (ante la Comisión Parlamentaria abierta para investigar los atentados del 11 de marzo) nos dijo que no tiene sentido la tesis según la cual los terroristas musulmanes buscaban un cambio de Gobierno, pues la amenaza terrorista se mantiene (por parte de dichos musulmanes) después de dicho atentado con el Gobierno actual. Pero, a pesar de las pretensiones de Zapatero, tal hecho demuestra dos cosas. En primer lugar que los atentados (cuya preparación inicial fue muy anterior a la guerra de Irak) no iban dirigidos sólo contra España como aliada de USA, sino como «enemiga del Islam» (hay que recordar la añoranza por Al-Ándalus). Y, en segundo lugar, que los terroristas saben que ciertos partidos (que tienden hacia la indefinición política) son mucho más manipulables que otros. Y está claro que el PSOE se pliega mucho mejor a los proyectos de los terroristas de lo que lo hacía Aznar. Con Zapatero España es un enemigo mucho más asequible. El sofisma argumentativo de Zapatero lo que pretende es ocultar su cobardía antiespañola (y la de todos los que cambiaron su voto por los atentados). La manera en que se retiraron las tropas de Irak es muy ilustradora en este sentido.

[6] En este sentido, Atilana Guerrero me recuerda el pasaje en que el Quijote tiene que hacer frente a falsas leyendas (basuras) que se cuentan de él, como se recoge en los capítulos LXXII –o en el LXXIV– de la segunda parte, donde confiesa, en conversación con Álvaro Tarfe, que no fue a Zaragoza por contrariar al Quijote falsario descrito por Avellaneda.
Los neocoms (neocomunistas)
David Horowitz • 11 Ene 2005

[c] COPIALIBRE. Autorizada su reproducción. No es necesario citar la fuente.
Cazurra Bit se inspira en seis principios: 1) ¿dar puntada sin hilo?;
2) si te muerdes mucho la lengua te desangras; 3) el futuro nunca espera;
4) el País Cazur; 5) la transparencia es bella; y 6) esto no es jauja