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INFORME I. ELABORADO POR CAZURRA BIT
LA PALANCA MORAL
Catedral de León
L
AS INSTITUCIONES de un territorio, de un grupo humano en un territorio, son las que pueden ser en cada momento histórico y el responsable último de su existencia y de sus características es siempre el pueblo. La responsabilidad se acentúa si el pueblo dispone de hábitos democráticos y los desprecia o mal usa. Pensar la cosas desde otra perspectiva, distinta a la de la libertad, es un contradios.

Así, el problema moral de la calidad de nuestras instituciones y la competencia de las mismas no depende tanto del agente que nos representa, el político, como del principal, el pueblo. No decimos que la delegación en el agente no implique riesgos morales o la posibilidad de que el representante y gestor nos traicione para lesionar nuestros intereses. El riesgo moral existe, pero sigue siendo responsable último, el principal, el pueblo. No hay forma de invertir los valores. Tenemos libertad y somos responsables últimos de su uso.

La comprensión racional tira de nosotros hacia un lado, los instintos irracionales tiran hacia otro, y en este paralelogramo de fuerzas el movimiento real tiene lugar según la diagonal. La libertad individual sería, pues, la media de comprensión e instinto, entendimiento y ceguera, y su grado en cada individuo podría establecerse empíricamente mediante una "ecuación moral personal" y la suma de todas ellas configura el ocaso del País Cazur, de la provincia leonesa y de nuestra región.

La responsabilidad moral la fundamentamos en la libertad, que debe servirnos para comprender bien nuestras necesidades, de imposible satisfacción si no son adecuadamente racionalizadas y sometidas a las leyes físicas y de la naturaleza. La palanca moral, la que nos permite desplazar peso y cambiar las cosas, pivota sobre la libertad y su eficiencia depende de la cabal comprensión de nuestras necesidades y la correcta enunciación de nuestra situación para promover soluciones (métodos y recursos).

Una sociedad que disfrutando de enormes riquezas, es el caso de la sociedad leonesa, agua en abundancia, territorio abundante, un buen clima, patrimonio, estructuras educativas y sanitarias abundantes y capacidad financiera sobrada, no es capaz de dar de comer a sus vástagos, a los que con tanto esfuerzo forma, para después arrojarlos de sí, expulsarlos, o que subemplea en tareas miserables, es una sociedad que ha elegido su circunstancia y por lo tanto moralemnte degradada que usa incorrectamente la libertad, que no comprende su encrucijada y que se deleita y regodea con el desorden moral profundo. Así vemos en Cazurra Bit a la sociedad leonesa. Una sociedad muy degradada moralmente que apuesta por su extinción, por dejarse morir (la legislación occidental penaliza el suicidio o la asistencia al mismo). Una sociedad degradada moralmente es aquella que atiende a la riqueza material, a su disfrute, pero no considera conveniente ni oportuno cómo se forma tal riqueza y la más conveniente forma de usar tan fenomenal atributo; es una sociedad rebajada y zarrapastrosa con ojos, exclusivamente, para el reparto y para trasladar a segundas y terceras partes su propia responsabilidad. La sociedad leonesa es una sociedad tullida, muy tullida desde el punto de vista moral que rechaza resolver sus problemas y que se organiza, lo que es más grave, para impedir su resolución.
Dejarse gobernar suele ser el último recurso de las sociedades moralmente muy degradadas. La sociedad leonesa se deja gobernar y administrar. No puede evitarlo porque es una sociedad degradada, incompetente para conocer sus necesidades, arbitrar los medios y aportar los recursos. Somos una sociedad en fase agónica, que sobrevive por la acción del gobierno exterior. Una sociedad que no puede acercarse a la renta percápita de su entorno si no es con asistencia exterior. Dejarse gobernar es la forma de gobierno de las sociedades moralmente degradadas e impúdicas. Las sociedades ordenandas tienden a la responsabilidad; las sociedades moralmente competentes usan la palanca de la libertad con responsabilidad y ponen de su parte el buen juicio o su mejor juicio para comprender sus necesidades, arbitrar los medios y aportar los recursos. Las sociedades con nervio moral, competentes moralmente, responsables de sí y de su descendencia, de la suerte propia y la de la colectividad, es decir humanas, escudriñan en sus actitudes, en sus decisiones y sus actos, que valoran y transforman continuamente para responder mejor a las obligaciones morales.

Asumir la responsabilidad de administrar nuestra suerte es la primera tarea que deben asumir las sociedades moralmente degradadas que quieren escapar de dicha espiral y se prometen a sí mismos revertir el estado impúdico general. No hace falta que pase un minuto para que cualquiera de nosotros saque a pasear obscenamente el complejo de Cenicienta, aquel que afirma, asegura, que la postración de León tiene su origen en el abandono por parte de los poderes del Estado y autonómicos, reclamando inversiones, o lo que es lo mismo, trasladando responsabilidades propias a terceros, sacudiéndonos impúdicamente cualquier tipo de responsabilidad y reclamando para nosotros, a título individual, el derecho a invertir nuestros ahorros en cualquier parte del planeta menos en León, a secar genéticamente nuestro territorio, forzando la emigración de los más jóvenes y cualificados y a impedir métodos y soluciones ajustadas a nuestras necesidades.


> El enroque burocrático

La asunción de responsabilidad incluye la comprensión de las propias necesidades, el arbitrio de los medios y la aportación de los recursos disponibles. Sin la asunción de responsabilidades es imposible combatir la degradación moral. Es imposible restar oxígeno a la impudicia y evitar los desórdenes morales profundos.

En el ordenamiento administrativo surgido de la democracia, las Comunidades Autónomas falsearon las instituciones locales hasta vaciarlas de contenido. Ha supuesto un enroque burocrático que los españoles de ningún modo nos merecíamos. El gasto, la capacidad de gasto, y de gestión de gasto, así como la recaudación de recursos, en una democracia solidamente construida, de abajo a arriba, al margen del modelo despótico francés, hipercentralista y autoritario, debiera descansar en las instituciones locales, las instituciones más cercanas al ciudadano. Estamos hablando de racionalidad, idoneidad y proporcionalidad en los esfuerzos y recursos.

La unión voluntaria de los reinos (bodas y alianzas) creó el reino de España, expresión administrativa de una España anterior. España también es, empero, la España de las Juntas contra el invasor francés, voluntariamente creadas a escala local y voluntariamente unidas para defenderla, como expresión, asimismo, de una España anterior.

España es sus gentes y si la mayor parte de nuestra vida la pasamos en la ciudad donde residimos, donde al fin y a la postre vamos a disfrutar de una mejor o peor calidad de vida, qué explica que las instituciones locales que nos representan estén vaciadas de contenido. ¿Cómo podemos asumir la conducción de nuestra vidas como ciudadanos y como comunidad sin instrumentos elementales para ejercer la responsabilidad?.

El PP prometió una segunda descentralización, la devolución de competencias y recursos a las diputaciones y ayuntamientos. Se ha ido sin hacerla y no pareció en instante alguno que las burocracias de las autonomías, no importa por quién estén gobernadas, renunciarían a la estúpida decapitación de competencias de diputaciones y ayuntamientos. Del PSOE, más atento a convertir las Comunidades Autonómas en pequeños Estados como parte de su sueño burocrático, poco cabe esperar.

La degradación moral de la sociedad se traslada a los agentes políticos que la recrean con fidelidad. La administración central tiene como principal misión pensar el futuro de España y promoverlo, administrar las instituciones esenciales del Estado, en ningún caso robarle competencias funcionales a las administraciones locales, no tiene sentido, es impropio e improductivo. El poder del estado descansa en su capacidad para idear futuro, reside en el Boletín Oficial del Estado y en el poder coactivo para hacer cumplir las leyes. El poder de las Comunidades autónomas, asimismo, descansa en su capacidad para idear futuro, en el Boletín Oficial de las Comunidades Autónomas y en el poder coactivo para hacer cumplir las leyes autonómicas. El estado de indigencia general de nuestros municipios y diputaciones debiera ser motivo de oprobio y vergüenza general y no obstante, para nuestras sociedades inmorales, sigue siendo motivo de orgullo y timbre de honor.

Las sociedades muy degradadas moralmente tienen una única vía de superación: reconstituir la palanca moral, verdadero artífice de las prosperidad. La prosperidad cuando es general o intensa o masiva, tiene su origen en la misma fuerza impulsora, la palanca moral. Y la palanca moral en las sociedades abiertas pivota en el único punto de apoyo existente: la libertad.
LIBERTAD para comprender bien nuestras necesidades. Mal descritas, enunciadas o proyectadas conduce al desastre. El esfuerzo de comprender nuestras necesidades es un problema moral agudo, no es un problema burocrático o administrativo. No es un problema ideológico, de izquierdas o derechas. Es un problema moral muy intenso.
LIBERTAD para arbitrar los medios. Determinar los medios a usar no es sencillo, sobre todo no es burocrático, no es administrativo, es un problema intelectual, técnico y comunitario, es un problema moral. Ponemos a prueba nuestra capacidad para generar nuevas habilidades sociales y para producir criterio.
LIBERTAD para proporcionar los recursos disponibles. La identificación de recursos, su cuantificación, disponibilidad y acopio es un problema moral de profundas consecuencias que requiere un cuidado criterio y un criterio muy cualificado. En un mundo de recursos finitios la calidad del criterio y la base social para dicho criterio son piedras angulares de todo el proceso.

Las soluciones burocráticas y administrativas tan del gusto de las burocracias partidarias, del liderazgo político y de las sociedades moralmente degradadas, diseñadas sin individuos de carne y hueso dentro, son ideacciones absurdas, destructivas por sí mismas, en el fondo y en la forma y pretenden ocultar y oscurecer el problema moral. Las sociedades que practican dichas estrategias son sociedades muy enfermas, podridas.

[c] COPIALIBRE. Autorizada su reproducción. No es necesario citar la fuente.
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